
Mi nombre es Elisa Sánchez Loriga y me gustaría contarte mi historia. En 1885 tenía 23 años y trabajaba en la Escuela Normal de Maestras de La Coruña, donde también estudié para ser profesora. Allí conocí a mi mejor amiga, Marcela Gracia Ibeas, de 18 años. A su padre, un capitán del Ejército, no le gustaba nuestra amistad; decía que se estaba volviendo algo antinatural y mandó a Marcela a Madrid a que terminase sus estudios. Aunque nosotras dos seguimos en contacto.
Tuvimos mucha suerte y, cuando me destinaron como maestra interina a Couso, Marcela trabajaba en Calo. Estuvimos un tiempo viviendo allí hasta que, en 1889, Marcela tuvo que marchar a Dumbría como maestra de escuela. Empezó a vivir en la casa-escuela y yo caminaba sola con un revólver, como era costumbre entre los jóvenes de la época, los once kilómetros hasta la casa de Marcela cada noche. Caminaba hasta allí para dormir a su lado, hasta que empezamos a vivir juntas de nuevo. Debido a mi carácter fuerte, tuve varias peleas con los pretendientes que Marcela tenía en el pueblo e incluso intenté suicidarme. La gente me llamaba «el Civil», en referencia a la Guardia Civil.

En 1900, Marcela me llevó a conocer a su madre. A pesar de vestirme de punta en blanco, con mis pantalones bien planchados, mi camisa almidonada y mi americana nueva, tuvimos una discusión bastante violenta en la escalera al presentarme como Elisa Sánchez. La mujer se puso como una fiera y todo acabó como el rosario de la aurora. Los vecinos salieron de sus casas para saber qué estaba pasando y se quedaron a observar cómo la madre de Marcela despotricaba los peores improperios hacia nosotras. Nunca supe qué había de malo en vestir pantalones; en las fiestas de carnaval de Dumbría me había paseado muchas veces así. La madre de Marcela se marchó de la ciudad al día siguiente. La verdad es que me sabe mal**;** Marcela está un poco triste.
Tuvimos una idea genial para que no se notase que Marcela estaba embarazada. En abril de 1901, fingimos una pelea y le hicimos creer a la gente que yo marchaba a La Habana, aunque la verdad es que me fui a La Coruña, me corté el pelo, empecé a usar ropa de hombre y comencé a fumar como un carretero. En la Escuela Normal pedí un certificado de estudios a nombre de Mario Sánchez. Tuve que usar el nombre de un familiar que murió en la mar.
Marcela, por su parte, les dijo a todos los del pueblo que se casaría con un primo mío que antes vivía en Londres. Le leía a los vecinos las cartas que Mario le enviaba. Incluso les avisó del parecido que teníamos mi primo y yo: «No he visto cosa más parecida a Elisa. Es de su misma estatura, tiene la misma voz e iguales maneras, ¡hasta su mismo genio! En fin, si no se tratase de un hombre y de una mujer, parecería que eran una misma persona», les dijo.
El 26 de mayo de 1901 convencí al padre Víctor Cortiella de que mi padre me crió sin ningún tipo de fe cristiana y que yo era un ferviente converso. Me bautizó como Mario y, a las tres de la tarde, ya estaba inscrita en el registro parroquial. En junio volví y le dije que me quería casar con la muchacha con la que convivía porque la había dejado embarazada. El día 6 acudí al registro para solicitar autorización para el casamiento.
Marcela y yo nos casamos a las siete y media de la mañana un 8 de junio de 1901. Mi novia, Marcela, estaba guapísima; llevaba un traje oscuro con encajes y falda de vuelo, y la peineta le quedaba muy bonita. Yo me corté el pelo muy corto, con flequillo, me puse el traje oscuro, el pañuelo como si fuese una corbata y el reloj de bolsillo. Después de la ceremonia, tomamos chocolate con churros en casa de la madrina y nos hicimos una fotografía con José Sellier, que luego puso en su escaparate.
El 10 de junio de 1901 volvimos a Dumbría en la diligencia La Lealtad. Cuando nos paramos en Vimianzo, la gente me reconoció. A pesar de que Marcela les dijo en varias ocasiones que era Mario, el primo de Elisa, empezaron a abuchearnos. «Si no es doña Elisa, es el diablo en figura», decían algunos.
Apenas pasaron unos días y alguien le envió una carta anónima al rector Cortiella diciéndole que le engañaron porque yo era una mujer. Tuve que hablar con el párroco y le dije: «En mi niñez he vestido faldas; pero notando que me sentía más hombre que mujer, consulté en el extranjero, diciéndome un médico que era hermafrodita y que podía optar por el sexo masculino, por prevalecer este en mí.» Aun así, el día 16 de junio me sometieron a dos reconocimientos médicos. Los doctores aseguraron que yo era una mujer.
El 22 de junio, los vecinos nos denunciaron a la prensa y el día 30 salimos en primera plana. «El matrimonio sin hombre» nos llamaron. Nuestro padrino también habló con los del periódico: «Me engañó diciéndome que iba a casarse porque había dejado encinta a la joven con la que convivía», y acusaron a la madre de Marcela: «Su ausencia y su silencio dieron facilidades para el mal. Pudo impedirlo perfectamente». Dijeron que Marcela era una víctima mía y que yo ideé todo el plan. En Dumbría, los mozos rodearon mi casa; la multitud pretendía examinar mis genitales. «¡Que salga esa! ¡Que salga el marimacho! ¡Que pase el Civil!», gritaban. Después de aquello, huimos a toda prisa hasta Portugal, a la ciudad de Oporto, porque la Guardia Civil nos iba a detener; querían procesarnos por falsificación de documento público y, en mi caso, por uso de nombre supuesto.

En Oporto, Marcela estuvo trabajando en el Café Lisbonense, donde los dueños la apreciaban mucho, y éramos felices hasta que un español nos denunció. La policía portuguesa nos detuvo el día 16 de agosto en la plaza de Batalla. El comisario Adriano Acácio de Moraes, tras interrogarnos, nos envió a la prisión de Aljube. La gente se aglomeraba en las estaciones de tren de Valença do Minho, Tui y Coruña para vernos pasar. Yo solo podía preguntarme: ¿por qué no nos dejan en paz?
El día 21 de agosto nos llevaron a la corte y el juez Margarido Pacheco nos acusó de los delitos de indocumentación, falsificación, travestismo —en mi caso— y de complicidad —en el caso de Marcela—. El señor Nogueira, el jefe de Marcela, se ofreció a pagar la fianza, pero nos llevaron a la Cadeia da Recção (Cadena de Reacción). Los periódicos abrieron suscripciones populares para recaudar dinero para nosotras. Las que más donaron fueron mujeres portuguesas. El Jornal de Notícias reunió 18 000 reales, O Norte 1000, O Primeiro de Janeiro 1500… y en el Café Lisbonense recogieron vestidos de luto por mí, Elisa, porque mi tía acababa de fallecer en Santiago de Compostela. El fotógrafo José Rodrigues nos dio 17 000 reales que obtuvo vendiendo un retrato que nos hizo en prisión. La gente nos apoyaba y nos entendía.
El 29 de agosto nos pusieron en libertad y una multitud nos recibió en la calle con un «cálido aplauso». Después nos volvieron a detener y nos trasladaron a Aljube, para soltarnos definitivamente por la tarde en la Rua de Bainharia, para evitar las aglomeraciones.
Marcela se puso de parto el día de Reyes de 1902 y tuvo una hija preciosa; le pusimos María Enriqueta Sánchez. Decidimos que era mejor poner mar de por medio, no fuese que volvieran a detenernos, así que viajamos a Buenos Aires; primero viajé yo y, a los tres meses, vino Marcela con la niña.
En Argentina me hice llamar María y Marcela se llamó Carmen. Éramos tres bocas para alimentar, así que cualquier trabajo era bienvenido. Por el día, Marcela limpiaba casas y de noche se dedicaba a coser. Yo trabajaba como criada, pero el dinero no llegaba para las tres, así que en 1903 decidí casarme por lo civil con un señor de Dinamarca, 25 años mayor que yo y dueño de varios comercios. Se llamaba Christian Jensen. La idea era asentarme en un hogar para que después Marcela (bajo la identidad de Carmen) se hiciese pasar por mi hermana y viniese con María Enriqueta.
El problema llegó cuando Christian vio la relación que teníamos Marcela y yo y se puso bastante celoso, aunque también es cierto que nunca tuve sexo con él. Tal vez por eso me denunció y cuestionó mi condición femenina. Lo que son las cosas: cuando yo quise ser mujer, mi marido cuestionaba que lo fuese. Dos peritos médicos, Drago y Hernández, concluyeron que era una mujer y el juez se negó a anular el matrimonio.
Sin embargo, el informe de la revisión que me llevaron a cabo en Buenos Aires aportaba detalles técnicos que explicaban mi constitución física y que permitían comprender por qué mi matrimonio con Jensen nunca pudo ser consagrado. El final de un artículo del 18 de julio de 1904 en Le Courrier de la Plata, editado en francés, publicó algo sobre mis particulares genitales: «Debemos esperar que el señor Jensen, frente al bello rasgo de generosidad de su mujer, sepa perdonarle su pequeño defecto físico. Tiene una edad donde eso no tiene gran importancia para él». En concreto, sesenta y cuatro años; veinticuatro años más que Elisa.
Durante aquellos momentos, recordaba cómo Marcela también había defendido mi identidad en España. En varias ocasiones ella aseguró a las autoridades que yo era hermafrodita, aunque la verdad es que nunca la creyeron.
Separada y sin hijos, seguí viéndome con mi esposa hasta que morí de un cáncer a los 58 años.
Esto solo ha sido un enfoque personal en primera persona de lo que pasó en las vidas de Elisa y Marcela. Al parecer, se encontró hace algunos años a los descendientes de Marcela en Buenos Aires, alguien que reconoció a su bisabuela en una imagen de Internet. Gracias a esto sabemos algo más sobre María Enriqueta Sánchez, la hija de Marcela. Según su nieta, la llamaban María Enriqueta Sánchez Loriga; pues sí, flor de loto, los mismos apellidos de Elisa. De hecho, en la partida de nacimiento dice que el padre de la criatura se llamaba Adolfo Sánchez, y el investigador Narciso de Gabriel (que es el que más sabe del tema) se pregunta quién era ese tipo.
En mi cabeza han surgido varias preguntas tras leer toda esta historia: ¿no sería Adolfo Sánchez, Elisa? Recordemos que se hacía llamar Mario y en Portugal, Pepe, pero que nunca dio otro apellido. ¿Elisa planeó todo el plan para casarse con Marcela porque esta estaba embarazada de algún noviete y quiso salvaguardar el honor de su amiga, como decían en Le Courrier de la Plata? ¿O se quedó embarazada Marcela adrede para ser de verdad una familia y que la gente creyera que eran una pareja heterosexual? Esta es una de las hipótesis que más le gusta al historiador y, seamos sinceros, creo que a todo el mundo. ¿Qué pasó con Marcela en Argentina? Porque nadie lo sabe. Y para terminar, la pregunta que me hice cuando leí la historia con calma: ¿Era Elisa una persona intersexual? Aunque realmente, ¿a quién le importa? Solo a ellas, y nunca sabremos lo que pasó realmente.
Hay historias que se leen y otras que se quedan bajo la piel.
Si buscas una voz que no pida permiso y tramas que te obliguen a cuestionarlo todo, te espero en mi mundo. Echa un ojo, si te atreves.






Cada vez que leo algo sobre esta historia se me encoje el corazón. La maldita necesidad de etiquetarnos, de cumplir expectativas y roles... Ojalá llegar al día en que todos seamos personas. Sin más.
Cuánto daño hace tener que encasillarnos... Pero, de momento, es inevitable.
Muchas gracias, nena. Me ha encantado leer. 💜
Ya conocía la historia y siempre me ha sobrecogido cómo pelearon por su relación.